jueves, 25 de mayo de 2017

Aclarando


El último post ha dado lugar a varios malentendidos debido probablemente a la redacción. A fuer de ser conciso, quizás haya perdido claridad. O puede deberse también a que un buen número de lectores no estén de acuerdo con lo pienso, y están en todo su derecho. Valgan sin embargo, algunas precisiones.
El equívoco que me resulta más urgente deshacer es que se piense que estoy atacando al cardenal Burke. Lo que textualmente escribí en este sentido fue: “Lo que podría haberse constituido como eficaz oposición fue pulverizada por las torpezas del cardenal Burke...”. Por la posible “eficaz oposición” que no se dio, me refería a algo que ya había comentado en estas páginas: muchos obispos y curas del montón, que aún conservan la fe católica y aman a la Iglesia, podrían haber tomado una actitud de resistencia más o menos activa, o pasiva, a Francisco, sin demasiadas estridencias pero tampoco sin claudicaciones. Se levantó la figura del cardenal Burke al que todos vimos, y muchos ven aún, como un paladín contra los estropicios del pontífice. Y la verdad es que al purpurado no le falta valentía para decir las verdades que hay que decir pero, a la vez, no podemos negar que sus dos maniobras más mediáticas y prometedoras -las dubia y la rebelión de la Orden de Malta-, no pasaron de asonadas y terminaron en derrotas. ¿Quién de esos obispos y curas se animará ahora a asumir una figura de resistencia activa? Muy pocos, por temor a ser identificados con el perdedor. No nos engañemos con nuestro clero y nuestro episcopado: muy contados son los capaces de embarcarse en la nave de los derrotados.
Conste que no estoy festejando estas derrotas: simplemente estoy constatando un hecho, por más doloroso que sea. Y, en todo caso, señalo que sendas derrotas eran perfectamente previsibles: Bergoglio jamás iba a contestar las dubia porque no tiene ninguna obligación de hacerlo, merced a los famosos privilegios y exageraciones del “papado romano” que nos ha llevado a esta situación. Y como expliqué detalladamente aquí y aquí, la rebelión de la cúpula de los caballeros de la Orden de Malta fue de una gran torpeza que lo único que consiguió es hacer desaparecer la misma Orden y todo lo poco o mucho de bueno que tenía.
Como afirmo también en la entrada, el papa Francisco no tiene oposición a la derecha. Dicho de otra manera, nosotros no existimos ni contamos como oposición. La semana pasada, el periódico italiano La Verità publicó un artículo en dos grandes páginas titulado: “La galaxia de los católicos que se oponen al Papa”. Los invito a darle una mirada aquí, y podrán ver que todos los “opositores” son, en el fondo, blogs. Para Bergoglio solo cuenta la Realpolitik y, por eso mismo, los opositores no somos más que vapor virtual. No tenemos fierros; ni uno solo, si consideramos la situación desde un punto de vista estrictamente humano. ¿Qué poder de fuego tiene el cardenal Burke? Algo podía quedarle cuando era Patronus de la Orden de Malta, pero ahora no es más que un purpurado boyando en el espacio exterior al Vaticano. ¿Qué poder de fuego tiene Mons. Athanasius Schneider? Solamente el preciado e indispensable ministerio que viene cumpliendo desde años, y que consiste en consolar y animar a los fieles de medio mundo. Y paremos de contar. No tenemos más obispos que al menos nos consuelen.
Les propongo un ejercicio de imaginación: ¿Qué pasaría si la semana próxima el cardenal Burke convoca a todos los católicos descontentos con los desastres que Francisco está ocasionando en la Iglesia, a marchar a la plaza de San Pedro a demostrar su oposición? ¿Cuántos irían? ¿Ustedes, yo? Facilitemos las cosas. Supongamos que la idea fuera demostrarse frente a los obispados de todas las ciudades episcopales del mundo, para ahorrarnos el viaje a Roma. ¿Cuántos irían en Buenos Aires? ¿Cuántos en Córdoba? ¿Cuántos en Salta? ¿Cien, doscientas personas? 
Frente a una situación de debilidad extrema como es la nuestra, me parece que debemos extremar la prudencia en cada uno de los movimientos que hacemos porque, con las mejor de las intenciones, podemos arruinar las mejores causas.
Con respecto al Prof. Roberto de Mattei, guardo por él el más profundo respeto. Es un intelectual reconocido, con una sólida trayectoria y un historiador indiscutible. En este blog publiqué una larga reseña, escrita por Jack Tollers, sobre su libro sobre la historia del Concilio Vaticano II, que prueba suficientemente mi admiración por su obra.
Pero el Prof. de Mattei es un académico, y yo también lo soy, y en el ámbito académico los disensos son habituales y nadie se extraña u ofende por ello. Y yo disiento con un punto de su  estrategia. Me parece muy bien su crítica fundada sobre el papa Francisco, y yo hago humildemente lo propio desde está bitácora, pero no me parece apropiado su discurso enardecido con el que promueve iniciativas en las que se embarcan mucha gente de buena voluntad y que están destinadas al más rotundo fracaso. Es cuestión de repasar páginas como Rorate Coeli o Adelante la Fe para comprobarlo. Valga como ejemplo el llamado público que hizo a comienzos de marzo para que el orbe católico se levantara pidiendo la dimisión de Mons. Vicenzo Paglia y de Mons. Marcelo Sánchez Sorondo, como pueden ver aquí. Yo soy el primero que quisiera ver a esos dos bribones de patitas en la calle y convertidos en párrocos en alguna periferia existencial pero, ¿alguien por ventura pensó acaso que esa iniciativa podía tener el más mínimo viso de éxito? ¿Alguien supuso que los obispos y párrocos animarían a sus fieles a firmar la nota pidiendo su destitución? ¿Alguien pensó que se podían reunir un número mínimamente significativo de firmas? Y, aún si se consiguiera, supuso alguien que el Santo Padre cedería y expulsaría de sus puestos a estos dos prelados? ¿Qué sentido tuvo entonces la propuesta? ¿Qué ganamos? Nada. Se logró más bien que los francotiradores ajustaran su puntería y se aumentaran las bajas. Creo estar en todo mi derecho en disentir en este sentido con el Prof. di Mattei, y creo también tener el derecho a expresarlo.
Algunos comentarios criticaban también que hubiera sacado de los favoritos al blog de Mundabor. No fue el único que desapareció y la razón es muy sencilla: Mundabor “no cambió”, como bien dicen algunos, sino que más bien se radicalizó y su religión se convirtió en atacar al papa Francisco por todos y cada uno de sus actos, y hacerlo del modo más extremado, disparatado e imprudente que pueda imaginarse. A mi entender, su autor se dejó ganar por la ira, y como ya escribí hace algunas semanas, ese es un peligro del que todos debemos cuidarnos, porque la ira es una emoción que, cuando se convierte en pecado, nos enceguece el entendimiento, y ya no vemos; pura y simplemente “sentimos” o, como diría Santo Tomás, “padecemos”. Y no me vengan con que se trata de la “santa ira” porque eso no es más que confundir virtud con vicio.
En pocas palabras, Mundabor se convirtió en un fundamentalista, y el fundamentalismo es uno de los peligros más graves y más cercanos en el que podemos caer durante los tiempos de crisis y de guerra como el que estamos viviendo. Hay que ser “fundamentalista”, en todo caso, en la defensa de la fe, pero no en el ataque o defensa de una persona, por más papa y por más impío que sea.
Queda aún otro punto que aclarar y es el que señala Lucardo (a quien agradezco su lectura atenta a pesar de sus disensos y sus críticas claras y respetuosas, como corresponde a caballeros cristianos): cambié mi opinión sobre Bergoglio y me estaría convirtiendo en francisquista. No es así en absoluto y ratifico todo lo que he dicho en este blog desde el 13 de marzo de 2013. Pero me explayaré sobre este tema en una próxima entrada.

martes, 23 de mayo de 2017

De la Zecca al Consistorio

En los últimos dos días nos hemos visto sorprendidos por dos noticias relevantes: la creación de cinco nuevos cardenales y la renuncia de Mons. Alfredo Zecca a la sede archiepiscopal de San Miguel de Tucumán. 
Empecemos por lo más fácil:
El papa Francisco, una vez más, expande el espectro cromático del colegio cardenalicio: unificados por la púrpura, asomarán bajo los birretes la oscuridad de un obispo de Mali, los cabellos rubios de un sueco y los ojos rasgados del vicario apostólico de Laos. Más allá de su gusto por la diversidad, ¿por qué lo hizo? Yo veo aquí dos motivos, uno de mediano y otro de largo plazo.
El de largo plazo es fácil de adivinar: se está asegurando mayorías en el próximo cónclave, es decir, está configurando al próximo papa, algo que lamentablemente, Benedicto XVI no hizo. Lo que Francisco busca es que quien lo suceda provenga como él de las periferias geográficas y que, consecuentemente, Europa deje de ser el centro de gravedad de la Iglesia. Ya sea porque constata una realidad indiscutible -el Viejo Continente dejó de ser cristiano hace tiempo-, o porque su resentimiento lo lleva a detestar la cultura europea y prefiera una “Iglesia en salida” hacia los suburbios, lo cierto es que está todo lo posible para que la Iglesia nunca más sea gobernada por papas europeos.
El objetivo de mediano plazo es más complejo de entender: Francisco se está creando un respaldo mayoritario de cardenales que constituyan una base indiscutible de sostén político en caso de dificultades y de posibles intentonas de golpes de estado. Muchos pensarán que estas asonadas vendrían de la resistencia conservadora a las políticas del papa Francisco. Pues no. Sencillamente, porque tal resistencia no existe. Lo que podría haberse constituido como eficaz oposición fue pulverizada por las torpezas del cardenal Burke y de todos aquellos que, prestando oídos a los consejos del Prof. Roberto de Mattei, se lanzaron a cruzadas condenadas de antemano al fracaso y que solamente lograron incinerar a sus líderes y arruinar las buenas causas. 
La resistencia que realmente le preocupa al papa es la la resistencia progresista a la cual él, en el fondo, ha traicionado. Como lo reveló solapadamente el cardenal Daneels, Bergoglio fue elegido con el apoyo de un grupo de cardenales progresistas que presumiblemente habrán acordado con él una serie de compromisos tendientes a la reforma de la Iglesia a cambio de las papeletas con su nombre. Lo cierto es que Francisco se ha dedicado en estos cuatro años a lanzar continuos fuegos de artificios retóricos y metrallas de gestos vulgares pero los cambios propiamente han sido muy pocos. Los cardenales progres en serio esperaban que, luego de cuatro años, ya se hubiese eliminado el celibato sacerdotal, se estuviera discutiendo seriamente el sacerdocio femenino, se hubiera aceptado la sodomía y desmantelado la Curia romana. Bergoglio, que es un viejo zorro que le importa un bledo la doctrina -sea conservadora o progresista-, jamás pondrá la firma en ninguno de estos cambios. Lo más que llegó a hacer fue incluir una confusa y ambigua nota a pie de página en una encíclica que no hizo otra cosa sino dar cierta legalidad a los que se venía haciendo desde hace décadas: nada nuevo, al menos para países como Alemania, Suiza o Bélgica que se quedaron con gusto a poco. De cambios reales y sustanciales, ninguno. Estimo entonces, que los cardenales de San Gallen estarán no solamente decepcionados sino furiosos y pidiendo explicaciones. Es por eso que el papa Francisco necesita constituir una base de apoyo político que vendrá de cardenales del tercer mundo que no dudarán en sostenerlo frente a cualquier intentona blanca, rica y europea, sea del signo político que sea.
Una curiosidad es que, entre los nuevos purpurados, figura Mons. Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador. Otro paso de comedia de Francisco, que se estará matando de risa del desconcierto provocado en el episcopado mundial. Mons. Chávez fue un discípulo directo de Mons. Óscar Romero que, nombrado obispo auxiliar a comienzos de 1982 por Juan Pablo II, jamás fue promovido a una sede residencial. Más aún, ahora mismo no es más que un párroco de la capital salvadoreña. Lo curioso e inaudito será el que el arzobispo de esa ciudad tendrá como auxiliar a un cardenal. 
Se trata, por cierto, de un gesto típico de Francisco. Al conceder está nombramiento, reviste al cardenal Rosa Chávez de un poder simbólico y real mucho mayor que si lo hubiese elevado a una sede episcopal, por más importante que esta fuera. Lo que está haciendo es señalando con el dedo quién es su referencia en Centroamérica junto con el saxofonista cardenal Rodriguez Madariaga. Análogamente a lo sucedido hace pocos días con la promoción de Mons. Carapa, el Santo Padre encumbra a nulidades fácilmente manejables y con muchos favores que pagar.
Pasemos ahora a la segunda noticia que ha dejado pasmados a todos: la renuncia de Mons. Zecca. Hasta aquellas fuentes que conocen bien los entresijos de las curias criollas y la Curia romana no salen de su asombro, no solamente por la renuncia en sí misma sino por el modo en fue hecha pública.

Mons. Alfredo Zecca no fue buen rector de la Universidad Católica Argentina. Varias veces lo destacamos en su momento en este sitio. Hay que decir, sin embargo, que fue un buen rector -dentro de lo posible, claro- del seminario arquidiocesano de Buenos Aires durante la época del cardenal Quarracino y ha sido un buen obispo de Tucumán, muy superior a la media argentina. Es verdad también que, aunque sus enfrentamientos con Bergoglio no fueron públicos, el entonces cardenal primado se lo quiso sacar de encima primero mandándolo como sucesor de Mons. Lona en el obispado de San Luis y, cuando esta patraña no le resultó, como arzobispo de Tucumán. Lo importante era dejar vacío el sillón de rector de la UCA para ubicar en él a uno de sus alcahuentes, el Tucho Fernández. 
Las razones de la renuncia que se aducen son los problemas de salud que padecería el prelado tucumano. No parecen para nada convincentes. Ni siquiera se ha filtrado cuáles serían esos problemas. Lo más probable es que no tengo tenga más que algunos achaques debidos a su pasada obesidad. 
Por otro lado, resulta muy extraño que la renuncia se haya hecho pública sin haber sido aceptada previamente por el Papa y sin haberse nombrado sucesor. Esto no sucede nunca en los usos vaticanos. Pareciera -y esto es sólo una conjetura- que primereó al Papa. ¿Por qué motivo? El sentido común nos dice es que si hizo algo feo y desagradable en extremo como renunciar, fue para evitar algo mucho más feo y desagradable. ¿Qué podría ser? Viniendo de Bergoglio, todo es posible. 
Ciertamente, el desplazamiento de Mons. Zecca era cuestión de tiempo. Hace algunos años, un frailecico con veleidades de ermitaño, se había ido de boca y lo había declarado a la prensa como pueden ver aquí. [Nota al margen: se comenta en círculos autorizados que fray Pepe Guirado, luego que fuera rescatado por Bergoglio de las garras de Zecca, infló su pecho como pavo real en celo, y comentaba a diestra y siniestra el interés que el Santo Padre había demostrado por sus escritos que serían utilizados para una encíclica. Cuentan también sus allegados que, ante los continuos llamados que recibía de los medios porteños, se grababa y escuchaba, una y otra vez. Todo muy propio de un eremita]. El caso del suicidio del mujeriego cura Juan Viroche marcó el ocaso definitivo de Mons Zecca y la certeza de su misericordiación. Eligió autorisericordiarse.
La última conjetura -y no pasa de esto- es que Zecca haya tenido noticias de quién sería su sucesor. Y no resulta descabellado pensar que fuera quien lo sucedió en el rectorado de la UCA, pues no resulta desatinado suponer que Bergoglio utilice la misma tramoya para eyectarlo. Probablemente, con este gesto inesperado intenta, de alguna manera, abortar la maniobra.
Veremos. Por ahora, lo único que hay es desconcierto y dudas. 

jueves, 18 de mayo de 2017

Lo hizo de nuevo: Mons. Carapa

Hace algunas semanas dábamos cuenta de dos nombramientos episcopales para la Iglesia argentina realizados por el papa Francisco, y advertíamos como ya lo habíamos hecho en casos anteriores, acerca de este hecho repetitivo de nombrar a sacerdotes marginales y con provocativa ausencia de nous como obispos. Y ha sucedido nuevamente. Hoy, la agencia oficial Aica ha dado a conocer la noticia del nuevo obispo auxiliar de la diócesis de Mercedes-Luján: el P. Jorge Scheinig, del clero de San Isidro.
Dentro de pocos años, o meses, Bergoglio se va a morir. Ese día, con un enorme sentimiento de alivio, rezaremos por el eterno descanso de su alma y para que nunca más en la restante historia de la Iglesia -si es que resta alguna-, se le ocurra a los cardenales elegir a un jesuita o a un argentino como papa. Sin embargo, mientras el vecino de Flores devenido "obispo vestido de blanco" gozará -así lo esperamos- de la visión beatífica, nosotros, en la maldecida tierra argentina, estaremos padeciendo durante décadas la peor tiranía episcopal imaginable que no es la de los malos, sino la de los inútiles.
El caso del P. Scheinig no es el del Chino Mañarro. En ese caso, el papa le tomó el pelo al episcopado de relumbrón que destesta, y eligió obispo a un cura de las periferias existenciales, a un lumpen apestoso no de olor a oveja, sino de olor a chivo. Esta vez, el papa se burla del episcopado más o menos instruido para elegir a un marginal de la inteligencia. Como podrá verse en el breve curriculum vitae que publica Aica, el único hecho destacable en la formación del nuevo Mons. Scheinig, además de ser técnico mecánico, es su título de Licenciado en Teología Pastoral, conseguido en la UCA, con una tesis que lleva el título: "La pastoral urbana como una pastoral adecuada a la diversidad de la urbe". Todos sabemos que "teología pastoral" es la nada misma con titulación académica, en la que no se estudia nada que valga la pena. Afuera con la cristología, con el tratado sobre la Trinidad o ñoñeces de ese estilo. Lo que allí se ve son las cosas serias: cómo llegar a las periferias y cómo pringarse de olor a oveja. El título de la tesis del nuevo señor obispo es testimonio suficiente de este no-ser licenciado. 
Sin embargo, en el caso de Mons. Scheinig, hay algunos elementos que se dan por añadidura, según los datos que me acerca mi amigo, el Barrendero del Sacro Palazzo y que sumaron mucho más que una triste licenciatura para la elección pontificia.
1. Para alcanzar la glamorosa licenciatura en teología pastoral el señor cura se tomó tres años. Imaginamos que tanto tiempo se debió a los estudios y experiencias antropológicas que debió efectuar sobre la diversidad urbana, en una urbe tan rica en diversidad como es Buenos Aires. Preferimos no escudriñar demasiado en sus trabajos de campo. 
2. A pesar de ser un sacerdote de la diócesis de San Isidro, muy cercana a Buenos Aires, el P. Jorge se paso los tres años viviendo en la misma Buenos Aires. Alguien dirá con tino: "Hizo muy bien. Seguramente vivía en alguna parroquia diversa y plural en las cercanías de Devoto, lugar donde se encuentra la Facultad de Teología". Pues no. Esos tres años vivió en la Curia metropolitana, más específicamente, es los departamentos del entonces cardenal arzobispo Jorge Bergoglio. Jorguito era, en pocas palabras, un coccolato o un mimado de Su Eminencia.
3. Apenas finalizada su tesis, y con la perentoria desgracia de volver a las cargas pastorales, Bergoglio (y aquí mi fuente no me sabe decir si siendo aún arzobispo o ya devenido papa), le solicitó al obispo de San Isidro que asignara al P. Scheinig a la parroquia más cercana a Buenos Aires, y es así que  fue nombrado párroco de San Gabriel de la Dolorosa, no fuera que la nostalgia por las luces y la diversidad porteña le terminaran produciendo algún problema emocional.
4. Siendo ya Bergoglio papa, el P. Scheinig no hizo ahorros en la cuenta telefónica de su parroquia, ya que hablaba con una frecuencia inusitada a  los nuevos departamentos pontificios, donde el Santo Padre se entretenía en largas conversaciones con su antiguo protegido. Todos sabemos que Francisco no es un príncipe renacentista que pierde su tiempo escuchando conciertos de música clásica. Prefiere, en cambio, entretenerse en chismes y bromas soeces con sus bufones.
5. El oficio de barrendero de mi fuente vaticana, le permitió constatar que el P. Jorge Scheinig era un visitante asiduo de Santa Marta. Allí se lo veía cada dos por tres, saltando el Atlántico como si fuera  el Riachuelo y remedando al más conspicuo de los "obispos de aeropuerto", y era alojado en la mismísima Domus Sanctae Marthae por órdenes pontificias. Los barrenderos colegas de mi informante aseguran que permanecía allí varias semanas sin salir siquiera a pasearse por las bellas callejuelas y placitas romanas, "por si Francisco me llama", decía.
Como vemos, tantos esfuerzos y noches de oración y vigilia, dieron sus frutos. Hoy venimos a saber de la existencia de Su Excelencia Reverendísima, Mons. Jorge Scheinig, obispo titular electo de Ita y auxiliar de Mercedes-Luján. 

lunes, 15 de mayo de 2017

Parábola del General y el Tirano



Érase una vez un pequeño país poblado por clanes más o menos dispersos y más o menos enemistados entre sí. Otro país vecino, mucho más grande, poderoso y organizado, invadió y ocupó un extenso territorio que pertenecía al país pequeño y por el que éste sentía particular afecto. Todos los habitantes alzaron su voz contra la injusticia y exigieron la devolución de lo que les pertenecía. Pero no tenían ejército para contrarrestar la invasión, el escaso número de habitantes, las distancias y desacuerdos que los separaban impedían cualquier estrategia militar más o menos consistente y, sobre todo, no tenían un líder o caudillo que los aglutinara. Solamente había dos o tres coroneles muy ancianos que apenas si podían con sus huesos, y un general honesto y patriota pero con un gravísimo problema: no tenía ejército que comandar. Todos los pobladores guardaban mucho respeto y afecto por el general, que solía pasearse con su uniforme de gala azul, charreteras doradas, sombrero emplumado y el pecho cubierto de medallas. Cuando esto ocurría, todos salían a la calle a deleitarse con la visión, a recordar viejas glorias y a aplaudir al general. Pero terminado el desfile, cada cual volvía a sus ocupaciones y a la dolorosa conciencia de que nada podían hacer militarmente frente al poderoso invasor.
Algunos jefes de clanes, sin embargo, mantenían el objetivo claro: recuperar el territorio que les había sido usurpado, y pensaban que la estrategia no debía ser la militar, que estaba condenada al fracaso, sino otra: aprovechando los numerosos huecos que tenía la frontera, proponían visitar el territorio invadido, hablar con sus habitantes y sus pequeños jefes, recordarles que estaban en poder de una fuerza enemiga y sugerirles que, poco a poco, fueran organizando enclaves o zonas más o menos liberadas, en las que el idioma, las comidas y las danzas originales pudieran ser nuevamente practicadas con libertad, sabiendo que el invasor no prestaría atención ni se molestaría en reprimirlas. Sabían que con esta estrategia no recuperarían la totalidad del territorio perdido, pero mantendrían allí la cultura, muchos perseguidos o extraviados encontrarían un lugar donde refugiarse y, cuando el tirano muriera y los tiempos cambiaran, sería mucho más fácil lograr el objetivo que las tierras invadidas volvieran a la patria.
Sin embargo, algo ocurrió. El general, mal aconsejado por un sabihondo, decidió un día vestir su uniforme de gala y caminar junto a los ancianos coroneles en medio de una escolta de cuatro o cinco alabarderos vestidos  de libreas, hasta la plaza de la ciudad principal, y desde allí lanzar una aguerrida proclama contra el tirano invasor, exigiendo que, si no se retiraba de algunos territorios conquistados, él mismo con sus fuerzas militares, lo expulsaría. Todos los habitantes del país lo aclamaron y aplaudieron durante un buen rato, y luego regresaron a sus ocupaciones, mientras el general siguió paseándose por el país con su uniforme azul y dorado, aunque sin los coroneles que ya habían regresado a sus casas a calzarse las pantuflas y a alimentar las palomas.
La asonada del general fue comentada en los diferentes clanes del país, y aquí y allá se reunieron pequeños grupos de habitantes que gritaron, aplaudieron, lanzaron vivas al general y mueras al tirano invasor. Los jefes de los clanes, sin embargo, eran más cautos. Sabían que el general no lograría nada sencillamente porque no tenía ni los hombres, ni la fuerza ni la formación militar para una empresa de esas características y, aunque el pecho se les llenaba de orgullo patriótico y nostalgia cuando lo veían caminar con su reluciente uniforme leyendo sus proclamas, eran conscientes de que con eso no se alcanzaría nunca el objetivo de recobrar el territorio invadido. Por eso mismo, veían con cierta inquietud que el sabihondo consejero se paseara recorriendo el país y soliviantando con sus argumentos a dos o tres caudillos por aquí, y dos o tres poblados por allá, los que también lanzaban proclamas contra el país invasor.

Las noticias de estos sucesos llegaron pronto a la capital del gran país, y en el palacio real el tirano se destornillaba de risa cuando le relataban las amenazas que el general en uniforme de gala y los caudillejos lanzaban contra él, mientras cortaba con sus dedos un trozo de cerdo asado y engullía cuatro o cinco granos de uvas. 
El tirano era muy hábil y sabía que podía sacar partido de la situación. Ordenó entonces reprimir a los enclaves más importantes y representativos del territorio invadido donde se mantenía la cultura original y pasó a degüello a sus líderes. A la vez, mandó a alguno de sus agentes a que se reunieran en secreto con el sabihondo y le ofrecieran una buena recompensa a cambio de continuar instigando al general y a los emires del país pequeño a lanzar proclamas y organizar pequeñas escaramuzas que sabía de antemano que no tendrán ningún resultado y le brindarían la posibilidad de quedarse con la cabeza de alguno de sus enemigos más odiados.
Pasaron los años, y hoy la situación es la siguiente:
El territorio conquistado sigue en manos del tirano enemigo. Son muy pocos los enclaves en los que se conserva la cultura y casi inexistentes los jefes naturales de las poblaciones invadidas que se animan a permitir que en sus territorios se hable la lengua, se coman las comidas y se bailen las danzas originales porque temen ser degollados. 
En el país pequeño, los coroneles ya no salen de sus casas, pero el general se sigue paseando con su uniforme y sus medallas aunque con menos frecuencia. El sabihondo, por su parte, continúa con sus labor de redactar pregones y arengas contra el tirano invasor que algún que otro caudillejo se anima a leer de vez en cuando. Nunca han producido otro resultado más que carcajadas en el palacio real y trabajo extra para el verdugo del reino.
Los jefes de los clanes están tristes. Saben que el objetivo se ha perdido o, al menos, está mucho más lejano de lo que estaba el día en que al general se le ocurrió comenzar con sus proclamas. Son conscientes de que, si en silencio y discreción, hubiesen seguido alimentado los enclaves y convenciendo a los emires de los pueblos del territorio invadido, allí los habitantes aún hablarían su lengua, cocerían sus comidas y bailarían sus danzas. 

jueves, 11 de mayo de 2017

Retiros


Hace algunos días incluí un comentario en una entrada anterior que decía: “Estoy de acuerdo con usted: cuidado con los retiros espirituales, sobre todo si son ignacianos. Vade retro!”. Recibí como respuesta un par de acotaciones de lectores del blog que muy enfáticamente me advertían acerca de los riesgos de mi condenación eterna por expresarme de ese modo. He pensado entonces que vendría bien exponer cuál es mi opinión sobre el tema. 
Da la impresión que mucha gente conservadora o tradicionalista considera que los retiros espirituales son indispensables para la salvación eterna. Y es falso. En primer lugar, porque la Iglesia en ninguno de sus preceptos nos manda hacer retiros y porque tampoco lo mandan los mandamientos. Por otro lado, tenemos una buena cantidad de santos que nunca hicieron retiros espirituales y, sin embargo, alcanzaron la salvación. Ya demasiado tenemos con diez mandamientos y cinco preceptos que cumplir para que nos quieran añadir otros. Se trata de un caso análogo al de mucho que están deseando que el Papa se dedique a definir dogmas anualmente, y cuantos más tengamos mejor... como si creer fuera cosa fácil, y como si no fuera ya suficiente con adherir a lo que proclamamos en el Símbolo de la fe. 
Que los retiros espirituales no sean obligatorios no significan que no sean recomendables. Claro que lo son, y creo que todo buen cristiano debería procurar dedicar algunos días al año, o algunas horas al día, a retirarse espiritualmente. Y aquí entra a tallar otra cuestión que tiene que ver con el tipo de retiro espiritual que se trata.
Si nos referimos a lo que podemos denominar retiros espirituales estructurados (en los que el “ejercitante” recibe varias prédicas por día por parte de un sacerdote y sobre las cuales debe meditar), hay que decir que son una invención moderna, cocida a las brasas de la devotio moderna. No conozco los datos históricos concretos -y si alguien los tiene le agradeceré que nos los pase- de cuándo comenzaron, pero se me hace que no será antes de los siglos XIV o XV. Es decir, apenas si ocupan un cuarto de toda la historia de la Iglesia. 
Por cierto que anteriormente existían los retiros espirituales, pero no del modo estructurado o moderno: consistían, simplemente, en que el cristiano se retiraba algunos días a un monasterio y allí, siguiendo los oficios litúrgicos y bajo la guía ocasional de algún monje, hacía su retiro. Era un modo mucho más natural y libre de retirarse del mundo, porque tampoco tiene mucho sentido alejarse de los ruidos seculares para caer presa de los ruidos, y de las peroratas, clericales. Y esto se dio a lo largo de toda la primera etapa de la cristiandad. Cuenta Paladio en su Historia láusica, que Evagrio Póntico, cuando dejó Constantinopla, se retiró a un monasterio en Jerusalén donde tomó la decisión de instalarse el desierto egipcio. Y cuenta el amigo y biógrafo de San Elredo, que éste se retiró al monasterio de Rieval mientras era funcionario de la corte del rey David I de Escocia, y fue allí donde decidió hacerse cistercience. Es decir, la historia nos dice que un santo del siglo IV y otro del siglo XII hacían retiros espirituales no estructurados: simplemente, se retiraban a un monasterio, y como el caso de ellos, habrán miles.
¿Todos los que hacían retiros encontraban allí la vocación religiosa? No; lo que ocurre es que nos han llegado los datos históricos de aquellos que no solamente tomaban estado de vida religioso sino que, además, sobresalían en él. Esto no implica, sin embargo, que los seglares acudieran en masa a los monasterios para retirarse. Tengamos presente que se trataba de una época en la que se respiraba la cultura cristiana y donde, quien más, quien menos, cumplía sus deberes religiosos. Por otro lado, la vida de las ciudades -que eran de dimensiones reducidas- y de los pueblos y villorios, donde vivía la mayoría de la población, estaba regida por la liturgia que actuaba como una suerte de retiro permanente. Sin pretender idealizar, lo que quiero decir es que la necesidad de retirarse del mundo es mucho mayor hoy que en la Edad Media. O  pongámoslo del revés: El hombre contemporáneo está más alienado en las cosas del mundo que lo que lo estaba el hombre medieval, y por eso necesita con más urgencia el retirarse.

Que todos los monasterios tuvieran hospedería y que San Benito dedique unas cuantas páginas de su Regla a hablar de los huéspedes, está indicando que era función importantísima de los monjes recibir a los peregrinos. Muchos acudirían simplemente como una posta en un largo viaje, otros porque no tenían donde ir y otros porque necesitan retirarse. Y el retirarse consistía fundamentalmente en participar en los oficios monásticos. Recordemos que pocos eran los laicos que sabían leer y, quienes sabían, no siempre tenían acceso a los libros -porque eran extremadamente costosos-, por lo que tampoco se trataba de un retiro dedicado a leer las Escrituras o los sermones de San Agustín. Para eso habrá que esperar a la imprenta. Retirarse era dedicar tiempo a Dios participando de su culto en la liturgia y en el corazón.
Estos son, en mi opinión, los mejores y más fructíferos retiros espirituales: buscar un monasterio, hospedarse allí tres o cuatro días, participar de los oficios, tener algún buen monje a mano para hablar si resulta necesario y, ahora que todos sabemos leer y tenemos fácil acceso a los libros, llevarse la Biblia y un par de buenos libros de autores espirituales, y dedicar así tiempo a la lectura sosegada y receptiva a la voz del Espíritu que sopla en la brisa monástica. Esto es un retiro tradicional, o un retiro tal como lo entendió la tradición de quince siglos de la Iglesia.
Aquí, claro, hay un elemento fundamental para tener en cuenta, y es que no todos están preparados para este tipo de retiros. Es necesario que la persona tenga un cierto camino recorrido en la vida espiritual para que esos días de apartamiento le sirvan de algo. Si largamos a alguien que vive inmerso en el mundo a un monasterio con cuatro o cinco libros y el horario de las horas canónicas para que vaya a rezar con los monjes, lo más probable es que pierda el tiempo. Como decían los Padres del Desierto, en las soledades monásticas, la distracciones y ataques de los demonios no vienen de las cosas -que son muy pocas-, sino de los pensamientos. El pobre hombre no hará más que aburrirse y distraerse durante sus días de retiro. Por eso mismo, en estos casos lo más conveniente es recurrir a los retiros estructurados. Y esto es un problema espinoso porque estos retiros pueden ser no ya una pérdida de tiempo, sino un verdadero peligro para la fe o para el equilibrio psicológico de quien los hace. 
No es necesario aclarar que, si el retiro lo predica un cura progresista, no servirá absolutamente de nada más que aprender algo de sociología barata y derechos humanos en liquidación. Todo permanecerá en la horizontalidad de lo humano a lo que esta gente ha reducido la religión. Y por esta razón, muchos dirán: “Que haga un ignaciano, que tienen éxito garantizado”. Pero yo no estaré de acuerdo.
Reconozco que tengo tirria a los ejercicios ignacianos aunque creo que no es una aversión injustificada. Hice muchos durante muchos años: de una semana e, incluso, de mes: jamás me sirvieron de nada; más aún, en la mayor parte de los casos me hicieron daño. Lo más probable es que se deba a mis defectos. Sin embargo, cuando descubrí para mi sorpresa que había otra clase de retiros que no eran ignacianos, e hice uno de ellos -en este caso predicado por un sacerdote del Opus Dei- fue un bálsamo y un enorme alivio espiritual. Y de allí en más, siempre fue así. Por este motivo, tengo muchas reservas con respecto a la actitud de muchos que creen que arreando a la gente a hacer ejercicios ignacianos lograrán indefectiblemente un bien. En todo caso, restrinjo mi reserva: una cosa es ser arreados por el Santo Cura Brochero, y otra por un curita cualquiera. Recuerdo que en mi época de juventud, en ciertas diócesis que pasaban por conservadoras, se predicaban varias tandas de ejercicios por año, para varones y para mujeres, y lo más asombroso de todo es que los predicadores eran buenos muchachitos con dos años, o dos meses, de ordenados. ¡Qué disparate! Un joven de 24 años es un joven de 24 años por más cura que sea y por más libreto ignaciano que tenga en las manos y, por eso mismo, es un mono con navaja. Todos sabemos que el ambiente que se crea en los retiros por lo general deja a la persona muy vulnerable a nivel emotivo y, por eso mismo, con muchas posibilidades de ser manipulada, aunque sea con la mejor de las intenciones del predicador. ¿De qué otra manera se explican si no, la carrada de “vocaciones” que sacaban los sacerdotes de cierto instituto religioso destinado a encarnar la cultura, sino por la manipulación lisa y llana que el fundador y sus secuaces ejercían sobre los pobres jóvenes que se avecinaban?

Por eso -y esta es mi opinión y no es más que eso-, digo que el mejor retiro y más acorde a la tradición, es retirarse a un monasterio. Si por un motivo u otro se considera conveniente embarcarse en un retiro estructurado, mirar bien qué tipo de retiro se busca, -y esto se sabrá de acuerdo a la espiritualidad de cada uno, porque es bueno saber que la escuela ignaciana es sólo una de tantas escuelas de la espiritualidad católica- y, sobre todo, quién lo predica. Insisto, aquí es donde reside el peligro del que hablaba en mi comentario que dio pie a esta entrada. Aún cuando el predicador tenga la mejor de las intenciones, es capaz de hacer mucho daño. Se necesita un abba, es decir, un padre. Y abba se hace, no se nace, ni se consigue con la sola imposición de manos. 

Escolio 1: Un dato que vale la pena recordar. Más de una vez escuché decir que la Santísima Virgen era la que habían inspirado a San Ignacio de Loyola los Ejercicios Espirituales en la cueva de Manresa. Lo cierto es que, si hubo un inspirador, fue García de Cisneros, abad de Monserrat. Está claro que el libro de los Ejercicios es una buena copia o adaptación si se quiere (los jesuitas lo llaman “recreación”) del Ejercitatorio de vida espiritual, escrito por Cisneros, y mediado por un resumen  realizado por un monje anónimo de la misma abadía de Monserrat, llamado Compendio breve de ejercicios espirituales. Concretamente, lo de San Ignacio es el resumen de un resumen. Y esto no va en su desmedro. Era una práctica muy habitual aprovechar lo que otros habían escrito, y eso no significaba ni plagio ni deshonestidad. Pero lo cierto es que los ejercicios ignacianos, de “ignacianos” tienen menos de lo que se cree. 
Escolio 2: Resulta casi enternecedora la ingenuidad con la que un anónimo sacerdote del Instituto del Verbo Encarnado escribió la entrada de Wikipedia sobre Ejercicios espirituales. Además de ser  elemental e incompleta, no se priva de afirmar que, quienes los predican, son los jesuitas y los miembros del IVE y, además, deja un link para que los interesados pueden hacer los ejercicios ¡de modo virtual!, por supuesto, con un sacerdote de ese instituto. Pero lo más asombroso de todo es que dice: “Un Instituto religioso que sigue esta espiritualidad y practica los Ejercicios durante el noviciado y cada 10 años, es el Instituto del Verbo Encarnado”. Flaco favor le hacen a San Ignacio y pocas técnicas de marketing tienen porque si la práctica de la espiritualidad y de los ejercicios ignacianos es la propia del IVE, estamos en el horno: el fundador, predicador serial de ejercicios ignacianos durante décadas, está condenado por la Santa Sede por abuso de sacerdotes y seminaristas, y de todos los sacerdotes que hicieron puntualmente sus ejercicios ignacianos durante años, alrededor de doscientos han dejado el Instituto y, de esos, noventa han abandonado el ministerio, lo cual representa el 30% del total de miembros. Y mejor arrojemos un manto de piedad a lo que ocurre con la rama femenina del Instituto. 

lunes, 8 de mayo de 2017

Las hienas de Malta


La semana pasada, fray Gerundio de Tormes publicó un excelente post sobre la Orden de Malta, cuya lectura recomiendo. Me permitiré algunas acotaciones marginales al texto frailuno. Verdad es que dos de los motivos que impulsaron al "Patógeno Supremo" a lazar el ataque de microorganismos a los malteses fueron el dinero que está juego y la nobleza: a primero lo desea y a la segunda la desprecia. Pero hay un motivo más, y es el conocimiento directo que tuvo en Buenos Aires de los caballeros de Malta, que por estas zonas del fin del mundo, tienen dinero pero escasa o nula nobleza.
Ocurre con ellos lo que ocurre con buena parte las asociaciones nacionales que la Orden de Malta posee, sobre todo en los países del nuevo mundo, donde es imposible conseguir nobles de varios cuarteles para llenar sus filas. Lo que ocurrió, consecuente y lamentablemente, fue que las asociaciones se nutrieron de nuevos ricos que, en el caso de Argentina, tomaron a la Orden como un sucedáneo, o un complemento, al Jockey Club, que les permitía a sus miembros mantener largas conversaciones acerca de sus estancias en San Martín de Los Andes, mientras tomaban un single malt en los altos sillones de gobelino de su sede de Av. Santa Fe. Estos señores caballeros, que preferían no usar los uniformes rojos y mucho menos las cogullas, seguramente ponían dinero para sostener las dos o tres buenas obras de caridad que la Orden mantiene, pero de ir a cuidar enfermos, de bañarlos y sacarlos a dar un paseo en sus camillas o sillas de ruedas, estaban bastante lejos: con hacerlo una o dos veces por año era suficiente. No es raro, entonces, que el cardenal Bergoglio les tuviera una abierta antipatía, fruto de su natural resentido aunque en este caso se justificaba en buena medida.
Pero me permitó también añadir al post de fray Gerundio algunas otras observaciones acerca de la etología de este agente patógeno que algunos denominan Bergoglius sceleratus y que pertenecería a la familia del Staphylococcus improbus. Según aseguran algunos, sufre una mutación genética consistente en un rimero de genes pertenecientes a la familia de los hiénidos. Para quienes no conocen las oscuridades de la ciencia genética, digamos que por su sangre circulan genes propios de las hienas. 
Todos hemos visto más de una vez los documentales en los que se nos muestran la conducta predadora de estos cánidos en las sabanas africanas: siguen a una manada de gacelas o de ñus, detectan al miembro más débil -sea porque está enfermo, o porque es viejo, o porque es cachorro-, lo aíslan de la manada, lo atacan y se dan un festín con él entre carcajadas. La única estrategia que han desarrollado las víctimas es proteger a los miembros más débiles concentrándolos en medio de la manada a fin de que las hienas no puedan localizarlos. Consecuentemente, el peor error que pueden cometer estos individuos es apartarse del grupo y hacer visible su vulnerabilidad. 
Y es esto justamente lo que hizo la Orden de Malta a fines del año pasado a través de su Gran Maestre frey Mathew Festing apalancado por el cardenal Burke. Levantó la cabeza, cuando debería haber seguido caminando y silbando bajito, y se la cortaron. Sus altisonantes declaraciones luego de la expulsión del distribuidor de condones y, sobre todo, a raíz del nombramiento vaticano de una comisión investigadora, no pasaron de ser una bravata que mostró al mundo entero que había un ñu avejentado y herido. Y el olfato siempre atento del Bergoglius sceleratus enseguida lo identificó, organizó el ataque con sus compañeros de especie, y ahora mismo se están comiendo al pobre mamífero entre eructos y risotadas plebeyas.

La Orden de Malta era un miembro débil dentro de la Iglesia. Más de trece mil miembros y cientos de millones de dólares era manejados por un reducido grupo de señores mayores que poseían antecedentes tales como tasación de antigüedades, enseñanza de música en colegios secundarios y especializaciones en griego clásico. Todos estos caballeros, hay que decirlo, llevaban una ejemplar vida religiosa en el cumplimiento de sus tres votos, pero de ahí a gobernar una organización de estas características hay un trecho muy largo y que exige, mal que nos pese, experticia. Se trataba de una situación análoga a la que viven decenas de congregaciones religiosas que están agonizando y que, sin embargo, poseen enormes colegios que manejan presupuestos millonarios, los que claramente no pueden ser gerenciados por religiosas octogenarias. No ha quedado más remedio que entregarlos a los laicos y acuñar para esta triste situación el eufemismo de misión compartida
Los estatutos de la Orden de Malta se fueron ablandando en el último siglo y ya no se exige sangre noble para pertenecer a ella. Sin embargo, habían mantenido sabiamente ciertos requisitos para aquellos que ocuparan los cargos más altos. Concretamente, el Gran Maestre debía ser un caballero de justicia, es decir, un religioso con los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, y debía poseer cuatro cuarteles de sangre noble. En pocas palabras, al menos sus cuatro abuelos debían ser nobles. Esta situación llevó a que, en la actualidad, cuando existen solamente cincuenta y cinco caballeros de justicia en todo el mundo, de entre ellos sólo trece cumplan con los requisitos de nobleza, y se trata en todos los casos de personas mayores, una de 97 años.
La estrategia que siguió frey Mathew mientras duró su mandato, secundado por otros buenos caballeros como frey Duncan Gallie y animados por el cardenal Burke, fue propiciar el aumento de las vocaciones de caballeros de justicia entre personas de mediana edad a fin de nutrir la cantera de autoridades de la orden y sobre todo fortalecer su carácter religioso. Caso contrario, la Orden terminaría siendo, decían, una ONG católica. 
Esta iniciativa no podía ser bien vista por las asociaciones nacionales, es decir, las delegaciones de la Orden en los diferentes países, que eran los que ponían el dinero pero que no tenían, ni les interesaba tener entre sus filas, caballeros de justicia, y tampoco se desvivían por mantener la condición de Orden de religiosa de caballería: con un par de misas al año a la que asistían vistiendo sus cogullas era suficiente. Sus esperanzas consistía en la extinción de los caballeros de justicia, lo que llevaría consecuentemente a que el gobierno de la Orden, y el manejo de los millones de dólares, pasara a sus manos.
El plan de frey Mathew, aunque de éxito incierto, era bueno y, hasta donde puedo yo ver, el único posible para salvar una Orden que, más allá de las apariencias de uniformes, espadines y sombreros emplumados, estaba tan débil como un ñu rengo. Y es en este momento cuando se cometió la gran imprudencia: apartarse de la manada, quedar al descubierto y mostrar sus debilidades frente al coro de hienas cuya madriguera está a un tiro de piedra del Palacio Magistral. 

Si la Orden era, como de hecho es, un estado soberano, debería haber tenido un reducido servicio de inteligencia: un MI5 que le dijera a las autoridades lo que se estaba tramando en el interior, y un MI6 que le reportara los corrillos que circulaban en Santa Marta y que les permitiera tantear si el horno estaba para bollos. Pero, o no tenían servicio de inteligencia -no necesitaban a George Smily; con Mr. Bean hubiese sido suficiente-, o si lo tenían, no le hicieron caso: en diciembre expulsaron con bombos y platillos al barón de Boeselager y, pocos días después rechazaron con oriflamas y alabardas a la comisión investigadora nombrada por el Vaticano. El problema fue que no eran conscientes que al primer grito, pues ni siquiera fue necesaria una escaramuza o el haka de los All Blacks, huiría hasta el último alabardero, dejando lanzas y banderas abandonas en las callejuelas del Aventino.
Hace algunos días se eligió a un nuevo lugarteniente, frey Giacomo Dalla Torre del Tempio di Sanguinetto, un santo varón italiano que tendrá la triste tarea de reformar, en el término de un año, los estatutos de la Orden a fin de eliminar cualquier requisito que impida que distribuidores de preservativos y nuevos ricos puedan llegar a los cargos más altos de su gobierno. 
Y entonces, la Soberana Orden militar y hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta, dejará de ser una orden de caballería y se convertirá, al sonido de risas de hiena, en una Cruz Roja paqueta, millonaria y más o menos católica.

miércoles, 3 de mayo de 2017

El demonio de la ira

Después de dedicar algunos días al ayuno de noticias eclesiales y luego de pasar un par de semanas sin escuchar ni leer nada sobre las correrías del papa Francisco y de su corte de imitadores, me ha llamado la atención la virulencia y una suerte de obsesividad con su figura que aparece en muchos comentarios, blogs y mails que recibo. Y en lo primero que caigo en la cuenta, es que yo mismo he tenido durante años esa conducta que, por decir lo menos, tiene algunos peligros. Y quiero referirme a uno de ellos que no es, por cierto, el menor: es una conducta que nos lleva muy fácilmente a caer presa del pecado de la ira y a alimentar nuestra alma con él pensando que estamos luchando el buen combate cuando, en todo caso, lo estamos perdiendo.
Evagrio Póntico fue un monje del desierto egipcio que vivió en la segunda mitad del siglo IV. De todos los Padres del Desierto, fue el más instruido y el que dejó más escritos. Fue el primer sistematizador de la espiritualidad cristiana y en él abrevan los escritos de los grandes maestros como San Juan Casiano o San Juan de la Cruz. A él debemos, por ejemplo, la división de la vida espiritual en tres grandes etapas, según hemos aprendido por santos posteriores como Santa Teresa de Jesús, o por escritores contemporáneos como el P. Garrigou-Lagrange.
Uno de los aspectos menos conocidos de su enseñanza es su psicología. Considera que todo pecado se inicia por un pensamiento malvado detrás del cual se esconde un demonio, y enumera ocho pensamientos de este tipo (que, con el correr de los siglos, darán lugar a los siete pecados capitales). El mecanismo es el siguiente: el demonio de la fornicación o de la tristeza, por ejemplo, lanza contra el hombre un pensamiento malvado de ese vicio concreto. Si el hombre no está atento y lo deja entrar en su mente, el pensamiento moviliza las pasiones y, de eso modo, termina pecando. Y el pensamiento malvado que se ha colado, anida en el corazón y cuanto más tiempo pasa, más difícil será erradicarlo. 
Enseña Evagrio que, de entre todos los pensamientos malvados, el más peligroso de todos es el de la ira, porque es el pensamiento propio de los demonios. Y su peligrosidad radica en que nubla el corazón y, además, engendra otros pensamientos malvados, sobre todo la tristeza. Escribe en el Tratado práctico: “No te abandones al pensamiento de la cólera, debatiéndote interiormente contra el que te ha contristado [...] pues [este pensamiento] oscurece el alma...”. Y en otra de sus obras: “Los vapores de la niebla sobrecargan el aire, y el ímpetu de la ira a la mente del iracundo. Una nube que pasa oscurece el sol, y así oscurece al intelecto el recuerdo de un mal sufrido”. Es notable que todos estos casos, y en muchos otros ejemplos que podría incluir, el autor compara a la ira con un oscurecimiento, comparable al que provocan en un cielo límpido la niebla y las nubes. Más allá que se trate de fenómenos que consisten sólo en simples y sutiles partículas de agua flotando en la atmósfera, sin embargo son capaces de oscurecer el sol. El hombre que comienza a “debatirse interiormente contra el que lo ha contristado” (por ejemplo, el papa Francisco), cae presa de este oscurecimiento. Las nieblas de la ira se introducen en su alma y el resultado es el que ya nos advierte Evagrio: no podrá pensar con claridad. Dicho de otra manera, será incapaz de ejercer su fin natural que es, justamente, el pensar.
¿No nos ocurre esto muchas veces, acaso, con los problemas de la Iglesia que debemos afrontar diariamente? No se trata aquí de adoptar una actitud “negacionista” o “pasatista”, y mucho menos de aplaudir lo que vemos con claridad que está mal. No se trata tampoco de aplazar el juicio crítico, lo cual sería también actuar contra nuestra propia naturaleza. Se trata de no permitir que los pensamientos de ira infecten nuestro corazón y nos nublen el pensamiento. Y es esto lo que ocurre con mucha frecuencia. Y pongo un ejemplo para ilustrar lo que digo:
Algunos días antes de la Pascua, se difundió la tarjeta con la que el papa Francisco había saludado a los miembros de la Curia por la fiesta, y que es la que ilustra este post. Edward Pentin alertó de este hecho al mundo a través de Tweeter e inmediatamente comenzó la histeria colectiva de quiene creían ver un Cristo demasiado humano, o la Ascensión y no la Resurrección; otros se burlaban diciendo que era Superman y no faltaron muchos, replicados incluso en blogs tradicionalistas, que identificaron la obra con algunas de las figuras filogay del fresco de la catedral de Terni pintado por el argentino Ricardo Cinalli bajo la supervisión del impresentable arzobispo Paglia. Sin embargo, resultó ser que se trataba de la reproducción de un grabado del artista belga-argentino Víctor Delhez que, además de eximio grabadista, fue un católico devoto, ejemplar padre de familia y políticamente identificado con la derecha de mejor línea. En breve, fue alguien “del palo”. El blog Info-caótica publicó algunos documentos interesantes al respecto.
Verdad es que ni Pentin ni ninguna otra persona está obligado a conocer a Delhez y a todos sus grabados, y mucho menos están obligados a gustar de ellos, pero también es verdad que a todos se nos exige un mínimo de prudencia antes de emitir un juicio público. La ira que nos embarga contra Bergoglio nos puede nublar fácilmente la inteligencia y terminar viendo lo que no existe y cometiendo, consecuentemente, injusticias y zafarranchos injustificables. Y, lo peor de todo, es que terminando perdiendo la calma y la paz del alma que son un don de Dios y un signo de su presencia.
Decía el cardenal Newman: “En general, las personas, cuanto más religiosas son, más serenas. Y siempre, en principio, la religión es en sí misma serena, moderada y consciente” (Sermón 13). Vale la pena prestarle atención. No sea que por defender la fe y desenmascarar a los falsos pastores, terminemos cayendo en las garras del demonio de la ira, cometiendo injusticias y perdiendo la serenidad que es signo del hombre verdaderamente religioso.